Machismo y la propagación del VIH

El papel que juegan los roles de género y el estigma en la epidemia que se esparce por el estado mexicano de Chiapas.
IMG_3807

Sandra Villarreal Martínez habla abiertamente sobre el VIH en el estado mexicano de Chiapas, donde la enfermedad sigue siendo estigmatizada (Eva Hershaw)

Por: Eva Hershaw

Portando un top rosa brillante, una falda negra y tacones de ocho centímetros, Sandra Villarreal Martínez caminó con paso seguro al frente de un pequeño grupo de mujeres, todas entre los 38 y 55 años de edad, que se encontraban sentadas en sillas de plástico en un patio de cemento. Todas tienen VIH.

Les regaló una enorme sonrisa mientras el sudor se acumulaba en su frente. “Estoy aquí para hablarles sobre los condones”, dijo, sosteniendo un paquete pequeño en las manos. “¿Cuántas de ustedes han usado uno de estos antes?” preguntó. Algunas de las mujeres usaban sus cuadernos como abanicos, con los ojos fijos a lo lejos. Otras buscaban a las otras con la mirada, visiblemente incómodas. Finalmente María levantó la mano, la única en hacerlo. “Bien”, dijo Sandra. “¿Y alguna de ustedes sabe como abrir un condón?”

El grupo se quedó en silencio. Desde la esquina trasera, el único hombre presente se puso de pie. “Yo puedo enseñarles”. Las mujeres rieron. “Primero que nada, no usen ni los dientes ni tijeras”, dijo, tomando el condón de las manos de Sandra. “Y recuerden que deben revisar la fecha de caducidad”. Abrió el paquete y sacó el condón a la luz de la mañana chiapaneca.

Eran las 10 a.m. de un martes en La Reforma, un pequeño pueblo dedicado a la refinería petrolera en el noreste de Chiapas, un estado en el extremo sur de México.

El taller fue la primera oportunidad que las mujeres con VIH de La Reforma han tenido para reunirse o hablar abiertamente sobre su condición. Durante la siguiente hora, cada una de las cinco mujeres contó su historia. Lloraban cuando hablaban del momento en el que recibieron el diagnóstico, los hijos y nietos que le han dado significado a sus vidas, y los temores que siguen atormentándolas. Todas las historias tenían una cosa en común: cada una de las mujeres en el taller fue contagiada por sus parejas de varios años, y en el caso de la mayoría, por sus maridos.

La lamentable realidad es que para las mujeres que viven en las regiones rurales de México, el sexo conyugal representa el más grande riesgo de infección. El estado de Chiapas no es la excepción. La desigualdad de género es alta y las oportunidades económicas al alcance de las mujeres en el estado son pocas. El estigma y las normas sociales que han prevenido que despeguen campañas de educación sexual efectivas también son parte de la ecuación. Para las mujeres casadas en Chiapas, la abstinencia sexual es casi imposible y es difícil adoptar el uso del condón entre parejas donde el balance del poder está en su contra.

En pocas palabras, los hombres no quieren usar condones y las mujeres, quienes dependen cultural y económicamente de sus maridos, no pueden darse el lujo de separarse de ellos. Para cada una de las cinco mujeres en el taller, el precio fue terminar con VIH.

“El machismo es mortal”, dijo Adela Bonilla, de 61 años, la directora de Nuevos Códices Compatía A.C., una organización que trabaja en todo el estado para apoyar y fortalecer a las mujeres que viven con el virus. Mientras platicaba, Adela maniobraba su automóvil con destreza para evitar los hoyos que habían quedado en la carretera de grava que lleva a La Reforma después de una serie de lluvias. El pueblo queda a seis horas hacia el noreste de San Cristóbal de las Casas, una ciudad colonial en la zona montañosa central del estado y un destino popular entre los turistas. Su espejo derecho colgaba de unas cuantas tiras de cinta adhesiva gris. A la izquierda, la sombra de las altas paredes de cal caía sobre la carretera; a la derecha, el camino terminaba súbitamente y cedía ante los oscuros desfiladeros. Durante los siguientes dos días, junto con Sandra, una organizadora local, Adela llevaría a cabo dos talleres sobre el VIH en La Reforma y Pichucalco.

Adela negó con la cabeza mientras manejaba. “El hecho es que la mayoría de las mujeres se encuentran extremadamente avergonzadas sobre el hecho de que están viviendo con VIH”, dijo. “Han sido rechazadas por la sociedad y viven detrás de una cortina de humo. Pero al final del día, no hicieron nada malo”.

El estado de Chiapas es el más pobre de México. Es el hogar de una población altamente indígena, dispersa y rural. En el 2012, 75 por ciento de sus residentes vivían en la pobreza. El estado también se encuentra rezagado en varios indicadores de salud pública. Por cada 100 mil residentes, Chiapas cuenta con tan solo 93 doctores y 45 camas de hospital, las tasas más bajas en México. La falta de infraestructura médica en el estado ha afectado particularmente a las mujeres, lo que ha llevado a altas tasas de mortalidad materna y la propagación de enfermedades infecciosas como el VIH.

El primer caso de VIH en México fue documentado en 1983, dos años después de que el virus se registró por primera vez en Estados Unidos. En el 2012, 0.3 por ciento de la población total de México vivía con VIH, comparado con el 0.6 por ciento de la población estadounidense. En México, al igual que en Estados Unidos, la epidemia se concentra en los hombres, quienes representan el 82 por ciento de los casos documentados en el país. A nivel nacional, 54 por ciento de todos los casos de VIH resultaron de relaciones homosexuales o bisexuales. En Estados Unidos, 61 por ciento de todos los casos nuevos de VIH ocurren entre hombres gay o bisexuales.

Pero en las regiones rurales de Chiapas, el VIH tiene otro rostro. El año pasado se estima que el 60 por ciento de los casos en el estado se produjeron durante encuentros heterosexuales. A nivel nacional, las mujeres representan el 18 por ciento de los casos de VIH. En Chiapas, la cifra es del 27 por ciento.

IMG_2556

Martha Figeroa Mier, del Colectivo de Mujeres de San Cristóbal, ofrece asesoría a una mujer por el teléfono. (Eva Hershaw)

“El SIDA ha cambiado completamente la manera en la que pensamos sobre el amor, la fidelidad y el matrimonio”, dijo Martha Figeroa Mier, directora del Colectivo de Mujeres de San Cristóbal. El colectivo opera desde hace 24 años y se enfoca principalmente en casos de abuso doméstico y violación. “Cualquier problema que tengan las mujeres”, dijo “cuando acuden a nosotros nuestro consejo es a) repórtalo a la policía, pero solo si así lo quieres, y b) definitivamente hazte la prueba del VIH”.

En las palabras de Jennifer Hirsch, profesora de ciencias sociomédicas en la Universidad de Colombia, en las regiones rurales de México “las mujeres son infectadas por las mismas personas con quien se supone que deben estar teniendo sexo — de hecho, según las convenciones sociales en México, con las únicas personas en sus vidas con quien se supone que deben de tener sexo”. La infidelidad masculina no representa una falta social mayor en México, algo que no se puede decir sobre las mujeres. Las ideologías de género han creado relaciones de poder donde las decisiones sobre el cuerpo de una mujer, como el usar condón o no, está comúnmente en las manos de un hombre. Es un conjunto de normas, creencias y acciones patriarcales que dejan a las mujeres particularmente vulnerables a ser infectadas.

“En este estado, los hombres obtienen todas las mujeres que quieren”, dijo Sandra. “Ellos son los que ganan dinero, tienen un auto y pueden pagar por sexo fuera de sus relaciones”. Sandra sabe que este concepto simple es la verdad. Cuando era joven se encontró a ella misma en el otro extremo de esta ecuación.

A sus 18 años, un hombre se le acercó con una propuesta en las calles de Pichucalco. Era de madrugada y el hombre le ofreció un trabajo en su restaurante en el pueblo cercano de Juárez. Sin educación, desempleada y con pocas opciones para su futuro, Sandra aceptó. Durante los siguientes tres años, el hombre la mantuvo en cautiverio y la prostituyó contra su voluntad con hasta 30 hombres al día. Cada uno le pagaba a su jefe entre 20 y 30 dólares; ocasionalmente ella recibía entre 4 y 5 dólares.

“Todos en el pueblo saben que tengo VIH. Esa es quien soy y no voy a bajar mi cabeza por ello.”

En algún punto Sandra se dio cuenta que también la estaban drogando. Había grandes huecos en sus días que no recordaba. Intentó escapar varias veces, cada ocasión con mayor desesperación que la anterior. Los clientes rara vez usaban protección, una decisión que siempre estuvo fuera del control de Sandra. A los 21 años quedó embarazada. Abortó, una decisión que todavía considera la peor de su vida. Poco tiempo después, una pareja que cocinaba y se encargaba de las finanzas de su jefe la ayudó a escapar. Por traumatizante que fue la experiencia, Sandra no contrajo el VIH durante su tiempo en el burdel. De regreso en Pichucalco, meses después de haber escapado, su nuevo novio la infectó conscientemente cuando ella tenía 22 años.

Sandra ha vivido con VIH por ocho años y a pesar de todo lo que le ha pasado, ella continúa encontrando fuerza e inspiración en el recuerdo de esos años traumáticos. “Hay una razón por la que he vivido para hablar de esto”, dijo. “La única razón por la que no me mataron en el burdel es porque un poder mayor tiene un plan para mí”.

El doctor de Sandra, Manuel Lopez Vidal, es un especialista en VIH en el hospital de Pichucalco. “El más grande desafío que enfrentamos en este hospital es el rechazo de las mujeres con VIH contra ellas mismas”, dijo. “Sandra visita a los pacientes que se encuentran aquí, les da esperanza y comparte con ellos sus experiencias. Ella es una de las razones principales por las que cualquiera de las cosas que he hecho han funcionado”. En un estado donde hablar abiertamente del VIH significa cruzar parámetros de comportamiento social claramente demarcados, Sandra está haciendo olas.

En 1988, Susan Sontag escribió que las personas con SIDA en Estados Unidos sufrirían de una muerte social antes de que sus cuerpos sucumbieran a la enfermedad. En el 2013, en Chiapas, esto sigue siendo cierto. Las enfermedades como el cáncer son tratadas como ocurrencias inesperadas en el cuerpo humano, pero el VIH es visto como la consecuencia de un comportamiento moralmente deplorable o sexualmente promiscuo. Los altos niveles de estigma que continúan rodeando al VIH en las regiones rurales de México han estropeado cualquier esfuerzo por educar a la comunidad e impedido que se tenga un diálogo productivo al nivel estatal.

“En los últimos diez años, el estigma y la discriminación que rodean al VIH son las cosas que menos han cambiado”, dijo el doctor Hugo Alberto Jiménez Vásquez quien trabaja en una clínica estatal en Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas. El resultado es que muchas mujeres y hombres que viven con el virus en Chiapas ocultan su diagnóstico de sus familiares y amigos cercanos, inventando enfermedades falsas para explicar sus visitas al doctor y destruyendo cualquier evidencia que pudiera revelar su secreto.

Cuando Luciana tenía 19 años, contrajo VIH de su pareja Mateo. Ambos han vivido secretamente con el virus por tres años en una casa multifamiliar en San Cristóbal. La pareja solicitó que la entrevista se llevara a cabo en el techo para evitar que los otros inquilinos escucharan. “Piensan que estás haciendo un reporte sobre la diabetes”, dijo Mateo. “Hemos borrado nuestros nombres de cada botella de medicamento y quemamos papeles para que la gente no se entere”, agregó. “Perdería mi trabajo y nos sacarían de este pueblo si alguien se enterara”.

IMG_3775

Mateo posa con su medicamento mensual. (Eva Hershaw)

 

Mateo contrajo VIH en el 2009 durante una de sus entonces frecuentes visitas a los burdeles en San Felipe, un pueblo ubicado sobre la infame “ruta de los tráileres” que conecta a Guatemala con la costa de Chiapas. Luciana, su pareja desde hace mucho tiempo, es de la comunidad indígena de Huistán, pero su familia se mudó a San Cristóbal hace varios años. “Estaba enojada con él cuando me enteré”, dijo. “Sabía exactamente cómo lo contrajo y no había nada que pudiera hacer”.

Incluso ahora hay poco que pueda hacer. No tiene trabajo, su español es limitado y tiene tres hijos que cuidar. Mateo, quien lleva tres años bajo tratamiento, se siente profundamente arrepentido por su comportamiento, el cual, explicó, es bastante normal entre sus amigos. “Sé que mis amigos van a los burdeles, y me gustaría poder decirles sobre lo que me pasó”, dijo. “Pero no lo tomarían bien. Sospecharían de mí o me acusarían de tener VIH”. Mateo sospecha que muchos de sus amigos ya tienen el virus. “Es una cadena que se debe romper en algún punto”, dijo.

El estigma y la discriminación siguen siendo comunes en el estado. En el 2004, el ginecólogo y ex alcalde de Tuxtla Gutiérrez, Francisco Rojas Toledo, respaldó medidas para prevenir que los niños nacidos con VIH asistieran a las escuelas públicas. Dos años antes, en el 2002, el estado se convirtió en el foco de una controversia nacional cuando una niña de ocho años fue expulsada de una escuela pública después de que sus padres descubrieron que tenía VIH.

“El VIH es un indicador de la situación política, económica y social en cualquier lugar dado. En Chiapas, hay una serie de situaciones que te ponen en ese lugar vulnerable”.

“Nos formamos en el 2002 para tomar el emblemático caso de la niña de ocho años que fue expulsada de la escuela pública”, dijo el doctor Alejandro Rivera Marroquín, el director del Colectivo de Atención para la Salud Integral de la Familia (CIFAM). Abiertamente gay y VIH positivo, Alejandro ha recibido atención nacional por su trabajo en defensa de las personas con VIH. Su pequeña oficina en la capital del estado sirve como un lugar seguro para los hombres y mujeres con VIH que buscan tratamiento anti-retroviral y apoyo psicológico. Con energía y un aura de urgencia, Alejandro escribía estadísticas en un bloc de notas mientras platicaba.

“El VIH es un indicador de la situación política, económica y social en cualquier lugar dado”, dijo. “La pregunta es: ¿Por qué te alcanzó el VIH? Este es terreno fértil, y en Chiapas hay una serie de situaciones que te ponen en ese lugar vulnerable”.

Para Rolando Tinoco Ojanguren, director del Centro de Investigaciones en Salud de Comitán (CISC) y profesor de género y salud en El Colegio de la Frontera Sur en San Cristóbal, la ONG solo puede llegar tan lejos sin la ayuda del estado. “En Chiapas, ya nos acostumbramos a la pobreza”, dijo. “No necesitamos intervenciones, necesitamos un cambio fundamental en el sistema”.

Mientras tanto, Rolando continúa trabajando con Adela, Sandra y otras ONGs con la determinación de lograr una pequeña diferencia en las vidas de los individuos con VIH.

En el taller en La Reforma, una mujer llamada Agustina también contó su historia. Ha pasado un año desde que recibió su diagnóstico. Agustina describió sus momentos de mayor desesperación con lágrimas en los ojos. “No quería vivir más”, dijo. “No dormía durante semanas”. Adela tomó su mano. Con siete hijos, Agustina contrajo el VIH de su marido, a quien le ha sido fiel por más de 15 años. “Me dejó”, dijo, cubriéndose el rostro con las manos. “Me dejó con siete bebés y con VIH”, dijo. El grupo se quedó en silencio. Agustina respiró profundamente.

“¿Qué dirían ustedes a Agustina”? preguntó Adela.

“Que tienes que vivir cada día!”, dijo María. Agustina se limpió las lágrimas de los ojos. “Que ella tiene apoyo”, dijo Sofía. Las mujeres asintieron. “Que no estás muriendo”, dijo Sandra. “Vas a vivir mucho tiempo con VIH”.

Durante el curso del taller de tres horas, parecía como si el peso acumulado de varios años de vergüenza, tristeza y aislamiento se les quitaba de las espaldas. Algunas de las mujeres han ocultado su diagnóstico por casi una década. Al final del taller, Sandra y Adela entregaron condones y programaron una fecha para su siguiente reunión. María, una de las mujeres más jóvenes del grupo, se puso de pie antes de que las otras mujeres se fueran. “¿Qué dicen – quieren cenar en mi casa la próxima semana?” preguntó. Sandra y Adela sonrieron. “Todas pueden aportar algo y podemos platicar de cómo nos sentimos”.

Las mujeres aceptaron. Tras apilar las sillas de plástico, cada una de ellas les dio las gracias a Adela y Sandra y se dirigieron hacia la salida del hospital. A la 1 p.m., un paletero en el estacionamiento hacía buena venta. Las palmeras producían parches de sombra en el pavimento ardiente y unos cuantos hombres dormían en una camioneta estacionada en el otro lado de la calle. Las mujeres no tenían prisa por irse. Algunas de ellas incluso permanecieron frente al hospital bajo el sol del mediodía. “Puedo sacar adelante”, dijo Agustina. “No va a estar tan difícil como antes pensaba”.

Traducción del artículo original publicado en The Atlantic.